best baked bananas: swapping algebra for delight

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This week I almost offered my ten-year old daughter a buck to eat her fruit. And by fruit I mean, two teeny tiny strawberries sliced in cubes a toddler could gulp down and not notice. It was a moment, like many, of weakness and sheer desperation where I delved down deep into my heart of capitalism and nearly paid her for the service of leaving me alone and putting something healthy in her body instead. But something held me back. Maybe it was the image of my son, sitting right next to his sister, wolfing down whatever fruit possible at the speed of sound. Maybe it was the memory of having grown up in a tropical country where fruit played a critical role in my household; very different from the way my daughter sees it today. There were no saran-wrapped watermelons or Styrofoam-packed nectarines, or, God forbid, bag of sliced apples. In Venezuela fruit was readily available at every street corner, dangling off heavy transport trucks or in tiny but cramped fruit shops where it would be regularly purchased and taken home leaving a sweet and delicate fragrance throughout our house.

We used to have a carved out tree stump as our fruit basket. This may sound absurdly large, but it deemed itself necessary, as every week, mom would make her trip to her favorite fruit store, Siempre Fresco (Always Fresh) where the savvy and flirtatious owner would offer her free samples of papaya, mango, or pineapple in order to make his sale, or, as I believed, speak to the pretty gringa lady.

She would return home with bagfuls of tropical delights: pineapple, passion fruit, papaya, mango, guava, carambola, and of course, at least three different kinds of bananas. All of these made their way into my diet, whether as my nanny Yolanda’s famous fruit salad, where she’d meticulously dice each fruit into ¼ inch bites and douse the final product with fresh orange juice, or just simply offered up in slices after a heavy meal. And to my daughter’s credit, I wasn’t always gobbling the stuff up either. There where many moments where I craved God’s gift to Venezuelan children: the candy bar such as Carlton, or a Susy, (both crispy wafers bathed in rich chocolate) instead.

But then I’d hear that warm familiar call from Yolanda, or Yoli, as I’d call her, who’d been busily working in the kitchen as I struggled over algebra homework at the dining room table. I knew whatever she was doing in there had to be something good because by problem number five I was already in a stupor over the distracting aroma emanating from the kitchen: a combination of cinnamon and butterscotch and the sweetness the comes from the earth after a rainstorm.

“Niña!” Yoli would shout. “Ven a comer tu dulce.” I needed few excuses to abandon algebra, but when I heard this command, “Child, come eat your sweets,” all the pieces of the puzzle came together and I understood it could only mean one fantastic thing: I was getting a free trial sample of her famous Baked Bananas. She and I knew that this was meant to be for dinner only, but she and I knew how much we loved to share moments together, especially if it involved food, and more power to it if it temporarily suspended painful tasks such as mathematics.

The lethargy that had guided me through variables of x and y evaporated as quickly as the morning dew on a hot day and I shot my way to the kitchen where Yoli was already ready and waiting for me with a sample of her signature banana dessert. I don’t know how she did it but biting into that dessert always made me melt like butter. The banana was sweet and luscious and oh so comforting, happily swimming in a sauce of butter and rum and cinnamon that had baked into drunken butterscotch perfection. We both knew we had only seconds before La Señora, my mother, would sense my absence in the room next door and come to make sure I was fulfilling my academic duties. But this moment was worth all the risk, with Yoli’s adoring eyes gazing at me as my soul filled with warmth and love and pleasure as I greedily gobbled her amazing baked bananas, inevitably sighing back to that fabulous woman brimming with love and begging her desperately for more, knowing surely my banana plea had given me away and I’d soon find myself facing more horrid algorithms.

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cambur con ron al horno: una feliz distraccion de álgebra

Esta semana casi  le ofrecí a mi hija de diez años un dólar para comer su fruta. Y por fruta quiero decir, dos fresas diminutas cortadas en cubos que un niño podría tragar y no dares cuenta.  Esto era en un momento, como muchos, de debilidad y desesperación donde  busque profundamente en mi corazón del capitalismo y casi le pagué para el servicio de dejarme en paz y poner algo sano en su cuerpo en cambio. Pero algo me detuvo. Tal vez era la imagen de mi hijo, sentando directamente a su lado devorando toda la fruta posible con un gusto delicioso. Tal vez me paro la memoria de haber crecido en un país tropical donde la fruta desempeñó un papel crítico en mi casa; muy diferente de  la identificacion con fruta que mi hija lleva hoy. No había patillas ya picadas, nectarinas embaladas en plastico ni bolsas de manzanas cortadas. En Venezuela, la fruta existia en cada equina de la calle, guindando sobre camiones o en tiendas de fruta diminutas pero apretadas donde sería con regularidad comprado y llevada a casa, dejando una fragancia dulce y delicada en todas partes de nuestro hogar.

Solíamos tener un tocón de árbol forjado como nuestro canasto de la fruta. Este puede parecer absurdamente grande, pero se juzgó necesario, cuando cada semana, mi mamá haría su viaje a su tienda de fruta favorita, Siempre Fresco, donde el dueño (un italiano coqueto) ofrecería sus muestras libres de papaya, mango, o piña a fin de hacer su venta, o, mas bien, hablar con la bella señora gringa.

Mi madre volvería a casa con bolsas de placeres tropicales: piña, parchita, papaya, mango, guayaba, carambola, y por supuesto, al menos tres clases diferentes de cambur. Todos éstos hicieron su camino en mi dieta, en forma de la famosa ensalada de fruta de mi niñera Yolanda, donde meticulosamente picaba cada fruta en pedacitos de ¼ de pulgada y empapaba el producto final con jugo de naranja, o simplemente ofrecido en rebanadas después de una comida pesada. Y al crédito de mi hija, yo no siempre quería comer fruta tampoco. Habían muchos momentos donde me provocaba un Carlton o Susy (el regalo de Dios a niños venezolanos: obleas crujientes bañadas en chocolate rico) en cambio.

Pero entonces yo oiría la llamada familiar de Yolanda, o Yoli, como le decia, quien ya había estado trabajando furiosamente en la cocina mientras que yo luchaba sobre la tarea de álgebra en la mesa de comedor. Yo sabía que ella tuvo que haber hecho algo delicioso porque por el problema número cinco yo estaba ya en un estupor sobre el aroma  que emana de la cocina y tracionaba mi concentracion: una combinación de canela y caramelo de mantequilla y el olor dulce de la grama después de una lluvia torrencial.

¡“Niña!”  Yoli gritaría. “Ven para probar tu dulce.”  Necesitaba pocas excusas para abandonar el álgebra, pero cuando oí esta orden entendí que esto sólo podría significar una cosa fantástica: me tocaba una muestra de su Cambur al Horno famoso. Ella y yo sabíamos cuánto amabamos compartir momentos juntas, sobre todo si esto implicaba algo de comida y más aun si esto temporalmente suspendiera tareas dolorosas como matemáticas.

El letargo que me había dirigido por variables de x y y evaporaron tan rápidamente como el rocío de la mañana durante un día caliente y pegué un tiro hacia la cocina donde Yoli estaba lista y esperando con una muestra de su postre. No sé como ella lo hizo pero mordiendo en aquel postre siempre me hacía derretirme como mantequilla. El cambur era dulce y delicioso y ay tan consolador, felizmente nadando en una salsa de la mantequilla y ron y canela que había horneado en la perfección de caramelo de mantequilla borracha. Nosotras ambas sabíamos que teníamos sólo segundos antes que La Señora, mi madre, sentiría mi ausencia en el cuarto al lado y vendría para asegurarse que yo realizaba mis deberes académicos. Pero este momento mereció todo el riesgo, con los ojos de adoración de Yoli que me miraban fijamente mientras mi alma llenaba de calor y amor, inevitablemente suspire a aquella mujer fabulosa que rebosaba de amor y la pedi desesperadamente para más, sabiendo que seguramente mi súplica de cambur me habia desubierto con mi madre y pronto me encontraria afrontada por algoritmos más horrorosos.

Cambur al Horno de Yolanada

Este plato originalmente requiere cambures titiaro, un cambur pequeño, salvaje que crece en la selva de Amazonas. Usted puede encontrarlo en algunos mercados, pero si no, esto trabaja perfectamente con la clase convencional.

1 taza de agua

1 taza de azúcar moscabada

15 plátanos titiaro maduros, o 6 plátanos maduros, pelados y cortados en a mitad longitudinal

4 cucharones de mantequilla

¼ taza de vino Oporto

¼ taza de ron oscuro

1  cucharilla de canela

½ cucharilla de jugo de limon fresco

helado de vainilla

En un sartén grande, profundo no reactivo, combine el agua con el azúcar.  Cocinar sobre el calor medio hasta que el azúcar se disuelve. Añada cambur, mantequilla, Oporto, 2 cucharadas de ron ron y canela. Hierve y reduzca el calor. Suavemente hierva a fuego lento, embastando cambur con la mezcla de azúcar, 25 minutos. Añada el jugo de limon ¼ taza de ron.  Sirve con el helado de vainilla.

Sirve 6

Yolanda's Famous Baked Bananas

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This dish originally called for titiaro bananas, a small, wild banana that grows in the Amazon jungle. You may find it in some markets, but if not, it works great with the conventional kind.

1 cup water
1 cup dark brown sugar
15 ripe titiaro bananas, or 6 ripe bananas, peeled and sliced in half lengthwise
4 tablespoons butter
¼ cup port wine
¼ cup dark rum
1 teaspoon cinnamon
½ teaspoon fresh lime juice
6 scoops vanilla ice cream

In a nonreactive large, deep skillet, combine water with the brown sugar. Cook over medium heat until sugar dissolves. Add bananas, butter, port, 2 tablespoons rum and cinnamon. Bring to a boil and reduce heat. Gently simmer, basting bananas with sugar mixture, 25 minutes. Add lime juice and remaining ¼ cup rum. Simmer 5 minutes. Serve warm with vanilla ice cream.

Serves 6

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3 Responses to “best baked bananas: swapping algebra for delight”

  1. Manuel says:

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