Posts Tagged ‘Ariel Abbady’

an affair with bread

matzo

Bread haunts me so. I am not supposed to eat it this week (a Passover thing) and so, it teases. And lures. And promises me I can’t live without it.

The scale reconfirms Jewish law: I can live without it (the scale insists for longer than one measly week). The rolls forming on my gut reconfirm that Jewish law and scale are correct (when did this happen?) But the bread, ah the bread, in all its glorious forms is insurmountable torture to go without. There are warm bagels sprinkled with toasted sesame seeds and spread with generous seas of creamy cream cheese or ciabata bread, with its extra chewy crunch on the outside, torn open to reveal those craters of dough forming planet-like surfaces which beckon wild blueberry jam to get trapped and devoured in. And of course, let’s not forget the French epi loaf with thorns of golden crunch running up and down the captivating baguette like an edible spine. I am shameless with this loaf, leaving intellect behind, notions of carbs and calories and such; I just tear at these spines, ripping whole chunks of epi off their vine and devour them warm and whole, slathering the occasional hunk of butter or brie, if I have self-control or time or either. These are breads I can’t live without.

So, yes, the idea of a boxed cracker called matzo…well, pales in comparison. Don’t get me wrong. I look forward to the initial matzo meeting. There is nothing quite like a whole piece of matzo slathered with butter and a toxic sprinkling of salt. This is how my father taught me to eat matzo and almost anything else: butter and a toxic sprinkling of salt. Butter and salt is how the purists do it, the Israelis, or sabras: the real matzo men (and women). Other ways seem pointless after that. And I’ve tried: egg salad, peanut butter, chopped chicken liver. Some work. Some scream out for the real yeast deal.

I admit then that that first, second, even third piece of matzo was delightful, delicious, a real embracing of my Jewish roots and a straight shot back to my childhood, where, finding matzo in the Latin Catholic country of Venezuela was a feat in itself. But then pieces got stuck in my teeth. And I had to pick them out. And I felt I had eaten cement. Lots and lots of cement with butter. And horribly so, the charoset, that lovely Passover delicacy of dates, figs, apples, nuts and wine, ran out. That stuff does wonders to a piece of matzo. Right up there with the butter. But when I went dry on that, the matzo went awfully dry.

So somehow I found myself traveling to every bakery for every other possible thing one would get at a bakery: truffle mousse at Le Croissant Time, fresh pasta at Doris (strategically placed by their bakery), hazelnut coffee at the bagel shop. I knew this would not end well for me. I understood it was not fair to me. I have no self-control when it comes to food. None. Zero. It is not in my DNA like food and all things food is. Guilt riddles me somewhat, but then that wafting of warm dough sings and dances in my nostrils and I inevitably cave, like I did this Passover, like I did last.

I don’t go crazy on the bread: a fugitive sandwich in a darkened room, a warm bagel incognito in the car on the run. Abstract places for abstract delights. There is no outright celebration of all things yeast, but still, I can’t bear to turn them away, not even for the week. I hope to not have let anyone down: my rabbi, God, my scale. And so I keep the matzo box nearby, just so. And the butter is always soft.

la mejor tortilla de huevos: una aventura en curso

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Como muchos niños de siete años, mi papá era mi figura heroica última. Él no podría hacer ningún mal, decir ningún mal, y siempre me llenaba de fascinación. Él también era un cuentista asombroso. Las historias de mi padre no eran sobre monstruos que él combatió con espadas o criaturas míticas con las que él se alineó para salvar el universo. Los cuentos de aventura de mi padre eran todos verdaderos. Nacido en Israel, Palestina en aquel entonces, en 1933, el lugar de mi papá en la historia le dio un primer puesto para contra unas verdaderas aventuras.

Yo siempre escuchaba atentamente, adhieriendo en su cada palabra como si mi vida dependió de ello. Sus historias donde siempre eran tejidas con comida de alguna clase. El Pie de Merengue de Limón increíble de su madre es uno de aquellos que se repetia mucho en sus cuentos. Nadie, por lo visto, podría duplicarlo. Él volvería a casa despues de alguna clase de travesura con su primo Rafi y allí estaría el pie de merengue de su madre: la combinación perfecta de tarta y caramelo y espuma disfrutada en mordiscos irremplazables. El recuento del sitio de Jerusalén criaría más memorias de comida. El camino que sube hasta la ciudad fue cerrado por la batalla y poco alimento estaba disponible, entonces mi padre contaria de comidas de hierba, té y para los afortunados, restos de algún tipo de carne. (Nuestro chiste entre familia era que esto era por qué mi padre estuvo tan obsesionado con tener la nevera llena de comida como un adulto. Lo llamamos su Complejo de Sitio de Jerusalén.) Él habló del papel histórico de su padre Isaac Abbady como el traductor oficial para el gobierno británico en Palestina, donde todos los jugadores, del Británico, a los Judíos a los Árabes, parecidos de alguna manera dependiente en las interpretaciones inteligentes y exactas de este hombre. Por supuesto, igualmente fascinante era la obsesión de mi abuelo con Cacciocavallo, un queso de cabra salado que él freiría en mordeduras crujientes. Este era la materia de la película perfecta y me llegaba directamente por el entusiasmo interminable que provocó los ojos color de avellana de mi padre.

Entonces había cuentos estilo James-Dean sobre mi padre. Su mudanza audaz a Nueva York como un empresario joven y todos los desafíos y éxitos que provocaron, la lista interminable de mujeres de colegio finos americanos que él hipnotizó, y luego la cita ciega que casi no pasó con una mujer joven llamada Marilyn que terminó por parar su corazón con su sonrisa hermosa, figura elegante, ingenio agudo e inteligencia sin paralela. Marilyn sólo reemplazaba su compañera de cuarto que habia cancelada a ultimo momento. Marilyn realmente no tuvo ganas de ir, pero fue de todos modos, ella era esa clase de amiga: leal y amable. Por suerte aquella reunión movió una serie de acontecimientos que conducirían al matrimonio y finalmente a mí. ¡Por supuesto, durante este cacho importante de su historia, muchas comidas fueron compartidas, pero el que se atiene a la mayor parte de historias es el Arroz español famoso de Marilyn, un guisado de picadillo, arroz, pimientas verdes y especias, que era todo lo que sabía preparar!

Mi papá tiene 76 años ahora y todavía logra encontrar aventura. Los cuentos lo siguen dondequiera que él vaya. La comida es todavía una parte integrante de su día: si ello frotar hombros con vendedores de mercado ecuatorianos locales donde él vende sus perritos calientes cada sábado, leyendo detenidamente uno de los libros de cocina que adornan su biblioteca, o preparando su tortilla magníficas que se revientan con hierbas frescas y quesos. Siento lo mismo sobre esta tortilla de huevos que él sobre el pie de merengue de limón de su madre: nunca habrá un tan sabroso. Cuando pienso en él a menudo me pregunto de que comida estara disfrutando: esto es una tierra sólida que siempre teníamos, a pesar de muchos otros altibajos. Esto es una obsesión que él ayudó a pasarme (y me atrevo a decir, como él, se ha conocido que yo me pregunto en voz alta durante el almuerzo lo que tendremos para la cena). Y pase lo que pase, siempre, siempre, me hace falta su tortilla.